Y contemplaba sin esperanza, ni motivo, de manera íntegramente ecuánime aquel acervo de transeúntes de análoga condición a la de mi existencia. Había suspendido mi lectura de Edgar Allan Poe, y anhelaba un despiste para airear la mente y simplemente mirar el éter. Me encaminé hacia el afuera a distendidos y agigantados pasos. No obstante, mi meta de descarriarme un momento de la realidad y sosegarme, se vio obstruido por algo que excitó mi curiosidad. Y desde el emplazamiento en que me situé podía observar cada visaje o ademán que se veían acuñados en aquellos semblantes que, a simple vista aparentaban perderse en esa maraña que a pesar de ser un abigarramiento, daba la impresión de una masa homogénea de individuos.
Fui dando cuenta de a poco, que cada una de esas imágenes fugaces que aparecían frente a mis ojos, contaba una breve historia, peculiarmente interesante por el singular y en alguna medida contradictorio hecho de ser un “don nadie”.
La efímera confluencia se vio abruptamente cortada por el fulgor de un foco color escarlata que anunciaba al transeúnte, el pasaje perpendicular de los artífices de un presunto infortunio en caso del desacato de la orden que esta llama conminaba. Realicé un paneo general en los rostros de los inmóviles sujetos y no noté ni una sola mutación en sus aspectos.
Y fue entonces, que desvié mi mirada hacia lo que tenía enfrente, y pude, a través de reducidos espacios entre carruaje y carruaje, avistar un longevo individuo acicalado de manera típica para alguien de su misma cantidad de primaveras. Una boina marrón a cuadros, una barba descuidada, un traje verde oscuro de tela dura y eterna remendado con parches de cuero en los codos y en las rodillas y unos lentes de exorbitante tamaño, cuyos cristales parecían tener inclusive mayor espesor al de un vitral gótico de una importante catedral. Parecía estar en cierto estado de catalepsia hasta que carraspeó de manera repulsiva. Pero lo que me llamó la atención fue que su mirada que parecía estar haciendo un esfuerzo desmedido por ver con nitidez, estaba fija en mí. Ese mero hecho dio a luz a un arsenal de pensamientos que daban lugar a conclusiones probablemente desacertadas que partían de una base de conjeturas posiblemente erróneas. Evidentemente cansado ya de los rostros encontrados en esa muchedumbre, mi curiosidad volvió a inquietarme gracias a la hazaña de este vetusto individuo.
Antes de dejar volar mi imaginación más de lo debido, alcé mis asentaderas de la desgastada madera y me dirigí hacia la aglomeración que estaba a punto de hacer su monótona jugada en el tablero urbano en cuanto se extinguiese la llama prohibitiva. Y tras encenderse la refulgencia color esmeralda me fundí en la masa homogénea de errantes. Y en ese entonces entendí, por primera vez, viendo que su mirada seguía fija en el punto en que se encontraban mis ojos, que yo no soy más que yo mismo, y nadie es más que nadie, pues bien todos nos sentimos estrella y errante simultáneamente.
ohh sí!
ResponderEliminarLa estructura eclistica semejan un texto de filosofía cuyo contenido es exclusivo para los receptores. Fundamenta nuclearmente el hecho de vivir en una masa homogena y emplea el trabajo de no ser llevado por la corriente como modus viviendi.
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