25 de enero de 2011

Siempre pensando en las raíces de un árbol cuyos frutos no se conforman con poseer la calidad de ser frutos. ¡Vaya enigmática condición la de aquél que pasa su vida meditando sobre su estirpe!

Un notorio exceso de lucidez llevó a mi amigo a su fin, cuando en realidad su travesía tenía como destino su origen. Infancia llena de travesuras, una pre-adolescencia de mutuo compañerismo, casi ininterrumpido a no ser por alguna que otra disputa carente de sentido, seguida de una adolescencia y una juventud un tanto agobiante por la formación de posturas e ideologías chocantes a cerca temas de relevancia variada desde mujeres a política.

Ya ambos cuadragenarios, yo había ya formado una familia corriente y complaciente. Estudié medicina y digamos que supe llevar a cabo lo aprendido. Pero él, nunca manifestó deseo alguno de compartir su vida con alguien y simplemente se pasó la vida frente a un espejo, contemplando su sedoso cabello bermejo tirando a gualdo y resulta que él era más que compañía para él mismo. Su soledad tampoco le significó un rumbo intelectual en su vida por lo que a mi entender nada le inquietaba, pero la frivolidad y el vacío que caracterizaban su vida tampoco le causaron estruendo alguno.

15 lunas quedaron en el tiempo atrás desde que me llegó una epístola de su madre, en un tono de preocupación tan alto tanto como mi nivel de suspense. Junto a la carta venía adjunto un escrito en una caligrafía casi ilegible que decía así: “Enardecedora cana manifiesta su propósito en uno de los tantos hilos de la tela más fina confinada en el universo. Esto no queda acá, ni mucho menos, del otro lado…” Cuarenta y tres primaveras hacen que lo conozco, y aún así, me era indescifrable lo que el perfectamente plegado papel tenía escrito, así que llevé mis extremidades hacia su domicilio para verlo y pedirle explicaciones.

Atravesé el desfiladero de grandes y mayestáticos espejos hasta llegar a una habitación que, a primera vista, me pareció similar a un lóbrego calabozo de algún castillo medieval. Intenté movilizarme teniendo plena confianza en mi sentido del tacto, y logré visualizar una cuasi ininteligible imagen que parecía ser un anciano. Logré tener contacto con un candelabro y acérquele a la cara del sombrío ser. Sentimientos de melancolía, pesadumbre y sobre todo sorpresa, recorrieron mi sangre de pies a cabeza.

¡Era él! Había marchitádose su juvenil rostro y sus inolvidables cabellos rojizos se tornaron pálidos al igual que su cadavérico gesto. Mil y un intentos acabaron en completo fracaso por querer entablar diálogo con mi viejo amigo que me tomaba por desconocido tanto como yo a su figura envejecida.   Entró a la habitación a pasos sigilosos una criada de la familia y señaló un atado de hojas desprolijamente arregladas que parecían ser un manuscrito. Lo tomé, y con extrema atención comencé a leer cada una de las palabras allí plasmadas.

Las últimas cuatro carillas del montón tenían escritas en cada una de ellas, una palabra que ocupaba toda la hoja, y éstas eran: “No”; “vale”; “la”; “pena”.

¡Vaya enigmática condición la de aquél que pasa su vida meditando sobre su estirpe! ¡Vaya felonía la de la mente humana que al cabo de existir se destruye por lo mismo! ¡¿Y para qué?! Que egoísta es el hombre; que nos preguntamos “¿por qué?” en lugar de preguntarnos “¿por qué no?”  ¡¿Y A QUIÉN MIERDA LE IMPORTA?!

No hay comentarios:

Publicar un comentario