26 de enero de 2011

Títeres, más que otra cosa y titiriteros asimismo sin ser conscientes de serlo. ¿Es que acaso cuesta tanto discernirlo?

Fui criado en el seno de una familia de clase media-baja, de padre luterano y madre anglicana. Vivíamos en una urbanización en el distrito de Bournemouth. Tuve una educación católica ingenua en un colegio público de la localidad, y llevaba una vida común y corriente como cualquier niño y adolescente de mi condición en Inglaterra.

Veinticuatro años, trabajaba en el puerto, en la zona de carga, cuando llegó un viejo marinero de aspecto repugnante, y se quedó  contemplando la cruz que colgaba en mi pecho. Su gesto se tornó gentil, y con paciencia escribió algo en un papel y me lo entregó con sutileza y una sonrisa de oreja a oreja. Al abrirlo, entendiendo poco y nada de la situación en la que me encontraba, éste decía: “No es lo que parece”.

38 años, y un sinfín de lecturas luego:
-“¿Hacia dónde te diriges?”- Preguntó un ordinario ciudadano que parecía estar esperando algo hacía un rato largo ya.
-“¿Yo? Pues a buscar entretenimiento, es domingo…”-respondí.
-“Precisamente, es domingo! Acaso no asistes a misa?”-preguntó aquél hombre en tono peyorativo.
-“Bueno, sube, vamos a misa se ha dicho. Puede ser recreativo
-“Gracias, es que nunca ha ido a misa, señor?”-preguntó con extrema curiosidad.
Lo miré fijamente a los ojos mientras mis manos conducían solas, y callé durante unos minutos volviendo mi vista al camino, y me dirigí hacia él en tono chistoso:
-“Sabe bien usted que marchamos hacia el peor show de títeres en la historia, verdad?”
-“¡¿Cómo?! ¿No vamos camino a la iglesia?"- dijo el caballero clavando una mirada estrepitosa en mis ojos y mostrando una vena a punto de explotar en su frente.
Y con calma, riendo a carcajadas respondí:
-“EXACTO!

25 de enero de 2011

Siempre pensando en las raíces de un árbol cuyos frutos no se conforman con poseer la calidad de ser frutos. ¡Vaya enigmática condición la de aquél que pasa su vida meditando sobre su estirpe!

Un notorio exceso de lucidez llevó a mi amigo a su fin, cuando en realidad su travesía tenía como destino su origen. Infancia llena de travesuras, una pre-adolescencia de mutuo compañerismo, casi ininterrumpido a no ser por alguna que otra disputa carente de sentido, seguida de una adolescencia y una juventud un tanto agobiante por la formación de posturas e ideologías chocantes a cerca temas de relevancia variada desde mujeres a política.

Ya ambos cuadragenarios, yo había ya formado una familia corriente y complaciente. Estudié medicina y digamos que supe llevar a cabo lo aprendido. Pero él, nunca manifestó deseo alguno de compartir su vida con alguien y simplemente se pasó la vida frente a un espejo, contemplando su sedoso cabello bermejo tirando a gualdo y resulta que él era más que compañía para él mismo. Su soledad tampoco le significó un rumbo intelectual en su vida por lo que a mi entender nada le inquietaba, pero la frivolidad y el vacío que caracterizaban su vida tampoco le causaron estruendo alguno.

15 lunas quedaron en el tiempo atrás desde que me llegó una epístola de su madre, en un tono de preocupación tan alto tanto como mi nivel de suspense. Junto a la carta venía adjunto un escrito en una caligrafía casi ilegible que decía así: “Enardecedora cana manifiesta su propósito en uno de los tantos hilos de la tela más fina confinada en el universo. Esto no queda acá, ni mucho menos, del otro lado…” Cuarenta y tres primaveras hacen que lo conozco, y aún así, me era indescifrable lo que el perfectamente plegado papel tenía escrito, así que llevé mis extremidades hacia su domicilio para verlo y pedirle explicaciones.

Atravesé el desfiladero de grandes y mayestáticos espejos hasta llegar a una habitación que, a primera vista, me pareció similar a un lóbrego calabozo de algún castillo medieval. Intenté movilizarme teniendo plena confianza en mi sentido del tacto, y logré visualizar una cuasi ininteligible imagen que parecía ser un anciano. Logré tener contacto con un candelabro y acérquele a la cara del sombrío ser. Sentimientos de melancolía, pesadumbre y sobre todo sorpresa, recorrieron mi sangre de pies a cabeza.

¡Era él! Había marchitádose su juvenil rostro y sus inolvidables cabellos rojizos se tornaron pálidos al igual que su cadavérico gesto. Mil y un intentos acabaron en completo fracaso por querer entablar diálogo con mi viejo amigo que me tomaba por desconocido tanto como yo a su figura envejecida.   Entró a la habitación a pasos sigilosos una criada de la familia y señaló un atado de hojas desprolijamente arregladas que parecían ser un manuscrito. Lo tomé, y con extrema atención comencé a leer cada una de las palabras allí plasmadas.

Las últimas cuatro carillas del montón tenían escritas en cada una de ellas, una palabra que ocupaba toda la hoja, y éstas eran: “No”; “vale”; “la”; “pena”.

¡Vaya enigmática condición la de aquél que pasa su vida meditando sobre su estirpe! ¡Vaya felonía la de la mente humana que al cabo de existir se destruye por lo mismo! ¡¿Y para qué?! Que egoísta es el hombre; que nos preguntamos “¿por qué?” en lugar de preguntarnos “¿por qué no?”  ¡¿Y A QUIÉN MIERDA LE IMPORTA?!

24 de enero de 2011

Se consumaba el año y cada cabeza en el mundo especulaba. Pero yo, yo no sabía pensar en el futuro, ni mucho menos en el pasado, mi vida estaba en el minuto a minuto. Y qué elocuencia que mencione la palabra minuto para expresar mis opiniones, ya darán cuenta por qué.

Diciembre de 1926, un invierno crudo para muchos, acogedor para quienes sabemos apreciar las álgidas temperaturas. Yo me encontraba en un café por la Unter den Linden, en Berlín, a dos horas de mi hogar en Neumark, Brandeburgo. No hacía más que visitar supuestos familiares políticos por parte de mi presunto padrastro, un pobre lustrador de zapatos que, no por nada se unió en nupcias con mi madre, viuda de un multimillonario, heredero de un linaje de finos joyeros. Herman Heinz era su nombre, un padre excepcional. Y pues allí estaba yo, prófugo de una colosal velada en casa de los Meinl. Dieter, el menor de sus hijos, y su favorito, discutía con los mellizos superiores en edad: Emil y Adelfried, quiénes en vista de los consentimientos de su padre hacia su menor bastardo, echaban espuma por la boca y humo por las orejas, y como su padre poca atención prestaba a sus querellas, todo recaía en mi madre, quien parecía estar angelicalmente entumecida. Ella era capaz de ausentarse mentalmente en cualquier situación que no le resulte cómoda, y en esos momentos yo creo que en lo único que pensaba era en mi difunto padre y, su clave y notoria ausencia.

Ya era casi medianoche del último día del año y por consideración y algo de pena por mi madre, regresé al infierno del cual me había fugado. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1.. Frohes neues Jahr! Se escuchaba en una radio encendida en la antesala de su morada. Y para mi sorpresa, corrió un aire de paz y armonía en casa de los Meinl y expresiones de amor y cariño abundaban entre los integrantes de esa patética familia.

Pero yo me había quedado pensando en esa cuenta regresiva. Y en el efecto que causó en quienes le prestaron atención con oídos abiertos. ¿Cómo era posible que semejante farsa haga felices a tantas personas en el mundo? ¿Cómo era posible que lapsos medidos de tiempo hayan logrado tal convicción en la sociedad tanto de oriente como de occidente del presente? Ante mi, repentinas confusiones y reflexiones aparecieron y me puse a investigar acerca de las unidades de tiempo. ¿Qué es una hora? Una hora equivale a 60 minutos. ¿Qué es un minuto? Un minuto equivale a 60 segundos. Entonces, ¿qué es un segundo? 60 segundos equivalen a un minuto y 3600 segundos equivalen a una hora. Y todo volvía a lo mismo, pero era una idea tan firmemente cohesionada en la mente humana, que el sistema de tiempo era casi tan poderoso y sagrado como el mismo super-creador que vive en el imaginario colectivo.

Al cabo de un largo transcurso, al que la mayoría definiría como exactamente “2 años, 24 meses, 730 días –teniendo en cuenta que ninguno de los dos años fue bisiesto- , 1753162554 horas” y ya ni me atrevo a escribir el número de minutos y segundos que equivalen al lapso de tiempo transcurrido entre aquella noche y ésta, fui acarreado a un “Heil und Pflege Anstalt” en la condición de lunático, por pensar un poco más de los límites de reflexión establecidos por el caudal de mediocres de este vasto mundo.

¿Quién se cree que es el hombre, animal más peligroso en la faz de la tierra, para estructurar mi vida de tal manera? ¿Acaso existe el hombre libre? ¿Libre de sistemas y lleno de vida? Sí, ese soy yo, apresado en esta habitación acolchonada sujetado a un chaleco de fuerza, con más cordura que nunca. Perdí la noción del tiempo al fin, no tengo contacto con ningún otro ser vivo y menos que menos, la posibilidad de verme envejecer en un espejo. No se me ocurre cuanto tiempo ha pasado desde que estoy aquí, ni en qué tiempo me encuentro, y por eso soy feliz
Y contemplaba sin esperanza, ni motivo, de manera íntegramente ecuánime aquel acervo de transeúntes de análoga condición a la de mi existencia. Había suspendido mi lectura de Edgar Allan Poe, y anhelaba  un despiste para airear la mente y simplemente mirar el éter. Me encaminé hacia el afuera a distendidos y agigantados pasos. No obstante, mi meta de descarriarme un momento de la realidad y sosegarme, se vio  obstruido por algo que excitó mi curiosidad. Y desde el emplazamiento en que me situé podía observar cada visaje o ademán que se veían acuñados en aquellos semblantes que, a simple vista aparentaban perderse en esa maraña que a pesar de ser un abigarramiento, daba la impresión de una masa homogénea de individuos.

Fui dando cuenta de a poco, que cada una de esas imágenes fugaces que aparecían frente a mis ojos, contaba una breve historia, peculiarmente interesante por el singular y en alguna medida contradictorio hecho de ser un “don nadie”.
La efímera confluencia se vio abruptamente cortada por el fulgor de un foco color escarlata que anunciaba al transeúnte, el pasaje  perpendicular de los artífices de un presunto infortunio en caso del desacato de la orden que esta llama conminaba. Realicé un paneo general en los rostros de los inmóviles sujetos y no noté ni una sola mutación en sus aspectos.

Y fue entonces, que desvié mi mirada hacia lo que tenía enfrente,  y pude, a través de reducidos espacios entre carruaje y carruaje, avistar un longevo individuo acicalado de manera típica para alguien de su misma cantidad de primaveras. Una boina marrón a cuadros, una barba descuidada, un traje verde oscuro de tela dura y eterna remendado con parches de cuero en los codos y en las rodillas y unos lentes de exorbitante tamaño, cuyos cristales parecían tener inclusive mayor espesor al de un vitral gótico de una importante catedral. Parecía estar en cierto estado de catalepsia hasta que carraspeó de manera repulsiva. Pero lo que me llamó la atención fue que su mirada que parecía estar haciendo un esfuerzo desmedido por ver con nitidez, estaba fija en mí. Ese mero hecho dio a luz a un arsenal de pensamientos que daban lugar a conclusiones probablemente desacertadas que partían de una base de conjeturas posiblemente erróneas. Evidentemente cansado ya de los rostros encontrados en esa muchedumbre, mi curiosidad volvió a inquietarme gracias a  la hazaña de este vetusto individuo.

Antes de dejar volar mi imaginación más de lo debido, alcé mis asentaderas de la desgastada madera y me dirigí hacia la aglomeración que estaba a punto de hacer su monótona jugada en el tablero urbano en cuanto se extinguiese la llama prohibitiva. Y tras encenderse la refulgencia color esmeralda me fundí en la masa homogénea de errantes. Y en ese entonces entendí, por primera vez, viendo que su mirada seguía fija en el punto en que se encontraban mis ojos, que yo no soy más que yo mismo, y nadie es más que nadie, pues bien todos nos sentimos estrella y errante simultáneamente.