Títeres, más que otra cosa y titiriteros asimismo sin ser conscientes de serlo. ¿Es que acaso cuesta tanto discernirlo?
Fui criado en el seno de una familia de clase media-baja, de padre luterano y madre anglicana. Vivíamos en una urbanización en el distrito de Bournemouth. Tuve una educación católica ingenua en un colegio público de la localidad, y llevaba una vida común y corriente como cualquier niño y adolescente de mi condición en Inglaterra.
Veinticuatro años, trabajaba en el puerto, en la zona de carga, cuando llegó un viejo marinero de aspecto repugnante, y se quedó contemplando la cruz que colgaba en mi pecho. Su gesto se tornó gentil, y con paciencia escribió algo en un papel y me lo entregó con sutileza y una sonrisa de oreja a oreja. Al abrirlo, entendiendo poco y nada de la situación en la que me encontraba, éste decía: “No es lo que parece”.
38 años, y un sinfín de lecturas luego:
-“¿Hacia dónde te diriges?”- Preguntó un ordinario ciudadano que parecía estar esperando algo hacía un rato largo ya.
-“¿Yo? Pues a buscar entretenimiento, es domingo…”-respondí.
-“Precisamente, es domingo! Acaso no asistes a misa?”-preguntó aquél hombre en tono peyorativo.
-“Bueno, sube, vamos a misa se ha dicho. Puede ser recreativo”
-“Gracias, es que nunca ha ido a misa, señor?”-preguntó con extrema curiosidad.
Lo miré fijamente a los ojos mientras mis manos conducían solas, y callé durante unos minutos volviendo mi vista al camino, y me dirigí hacia él en tono chistoso:
-“Sabe bien usted que marchamos hacia el peor show de títeres en la historia, verdad?”
-“¡¿Cómo?! ¿No vamos camino a la iglesia?"- dijo el caballero clavando una mirada estrepitosa en mis ojos y mostrando una vena a punto de explotar en su frente.
Y con calma, riendo a carcajadas respondí:
-“EXACTO!”
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