Me siento más solo que en una Torre del Silencio… Esos lugares dónde quiénes profesan alguna religión zoroástrica, suelen arrojar los cadáveres para que se descompongan al sol o sean consumidos por los buitres.
¿Cómo es que llegué a estar en esta situación? Es una historia de lo más chistosa, se los puedo asegurar…
El ducentésimo quincuagésimo sexto día del año 1943 nacía un niño –que se esperaba morir al instante del casero parto- tan feo cómo pisar mierda descalzo, prematuro, cuasi arrancado del vientre materno, con extremo sufrimiento ya desde su condición de feto, fruto del descuido de sus adolescentes e irresponsables padres, quiénes lo dejaron tirado en un bote de basura dos horas más tarde, después de varios intentos fallidos por ahogarlo.
Ahora que ya terminó la parte de misterio y todos adivinaron que soy yo, puedo dejar el relato en tercera persona. Si, mis primeras horas fueron una mierda, pero no se comparan con los siguientes treinta y dos años de esto que llaman vida. Cómo decía… Me dejaron allí gimoteando en el basurero, con mi delicada salud y el excedente de cordón umbilical mal cortado. A la madrugada, pasó una pareja de músicos, jazzistas, embriagados hasta la inconsciencia, escucharon mis lamentos y, cómo broma me acogieron. Digo cómo broma, porque fui envuelto en papel de regalo, y dado al saxofonista de la banda, Charles “Bebé” Coleman, mi supuesto padre sustituto hasta los 16 años, quién se aseguró de contarme la historia de cómo llegué a él, cada vez que se fumaba uno, sólo que no era tan chistosa porque él no sabía todo lo anterior a mi hospedaje en el bote de basura.
Bueno, esos dieciséis años, como podrán imaginar, fueron… ¡geniales! A la edad de ocho ya había vivido en veinticinco diferentes apartamentos, habitaciones en moteles, buhardillas, o cualquier suerte de vivienda que se puedan imaginar apta para un bohemio y su bastardo. Ya cumplidos los catorce, era consumidor frecuente de alcohol y bonus tracks en bares de mala muerte donde mi viejo solía andar. Dos años después, ¡paf!, cirrosis hepática, y Charlie Coleman estiró la pata, a lo cual le sucedió mi estadía en las calles del Bronx.
Erré de aquí para allá, de allá para aquí, desempleado, desamparado, desolado, desnutrido, y todos los demás adjetivos con prefijo “des-” con connotación negativa que se les ocurra. Pero heles aquí, el comienzo de una nueva etapa en la vida de este individuo rodeado de miseria.
En una de esas visitas protocolares a barrios marginados del condado, a fin de colaborar con su campaña política, el gobernador de Nueva York en su momento, hizo un paneo general del Bronx, y proclamando su usual discurso de “juntos podemos, soy un tipo como uno, etc., etc.”, clavé mi mirada en su rostro, y vi en su fisonomía, algo que nunca había visto antes en alguien… un espejo. Me acerqué más al estrado para ver más detalladamente sus facciones, y fue en ese instante, que vi en su mirada, clavada en la mía, lo mismo que yo había sentido al verlo. Cuándo se volvió a su auto, dejó caer disimuladamente un papel doblado en mitad de la calle, y me apuntó con su índice de la mano izquierda a través del cristal de su Rolls-Royce. Sin vacilar, levanté el papel del asfalto y este aclaraba la incógnita que tenía en mi mente sobre esos momentos antes de que los amigos de mi viejo me recogieran del basurero. Lo peculiar de esta carta es que decía que su secreto, una vez revelado, le causaría una vida llena de insultos y desdicha, así que prefería quitarse la vida antes que vivir eso.
Fue ese día, que alcancé oír en la radio de un bar, que el gobernante de N.Y., ergo mi padre biológico, se había colgado en su oficina, y fue encontrado muerto por su esposa en la noche al ver que no llegaba a casa para la cena. La esposa, primera dama de New York, sabía de la existencia de esta carta que revelaba el pasado oscuro de su amante, y supuso que su suicidio fue debido a esa causa. Le bastaron un par de investigaciones para encontrarme y fui llevado a la comisaría de inmediato, sin entender mucho al respecto.
En la comisaría me llevaron a un cuarto, pero mientras era forzado a caminar, vi el rostro de la esposa del gobernador, y no es necesario que explique de nuevo esa mirada, ese reconocimiento facial, esa regresión a un pasado turbio lleno de recuerdos oprimidos en el tiempo, que luego se transformó en un mar de lágrimas.
Me caía una gota gruesa de sudor por el cuello y por la frente, y casi que podía sentir el cañón del arma policial rozando mis desprolijos cabellos, cuando de repente alguien tocó la puerta, y el policía salió. Me tomé el atrevimiento de mirar por la ventanilla de la puerta, y vi, a la esposa del gobernador, ergo mi madre biológica, llorando como nunca había visto a alguien llorar en mi vida y haciendo un gesto de negación con la cabeza.
Se sintió tan culpable por mandarme a matar, que me mandó encerrar en una habitación de dos por dos, equipada con una silla, y una mesa, sobre la cual habían: un lápiz, un papel, y un arma. Sí, un revolver para que mate a la única víctima disponible en la sala… Vaya manera de morir, ¡FUCK!, hubiese preferido el cañonazo de aquel policía, o el desamparo completo y la muerte de aquél bebé abandonado. Jaja, no me dan los huevos para pegarme un tiro, y estoy destinado a pasar mi vida encerrado en este calabozo… Les dije que era una historia chistosa.