24 de enero de 2011

Se consumaba el año y cada cabeza en el mundo especulaba. Pero yo, yo no sabía pensar en el futuro, ni mucho menos en el pasado, mi vida estaba en el minuto a minuto. Y qué elocuencia que mencione la palabra minuto para expresar mis opiniones, ya darán cuenta por qué.

Diciembre de 1926, un invierno crudo para muchos, acogedor para quienes sabemos apreciar las álgidas temperaturas. Yo me encontraba en un café por la Unter den Linden, en Berlín, a dos horas de mi hogar en Neumark, Brandeburgo. No hacía más que visitar supuestos familiares políticos por parte de mi presunto padrastro, un pobre lustrador de zapatos que, no por nada se unió en nupcias con mi madre, viuda de un multimillonario, heredero de un linaje de finos joyeros. Herman Heinz era su nombre, un padre excepcional. Y pues allí estaba yo, prófugo de una colosal velada en casa de los Meinl. Dieter, el menor de sus hijos, y su favorito, discutía con los mellizos superiores en edad: Emil y Adelfried, quiénes en vista de los consentimientos de su padre hacia su menor bastardo, echaban espuma por la boca y humo por las orejas, y como su padre poca atención prestaba a sus querellas, todo recaía en mi madre, quien parecía estar angelicalmente entumecida. Ella era capaz de ausentarse mentalmente en cualquier situación que no le resulte cómoda, y en esos momentos yo creo que en lo único que pensaba era en mi difunto padre y, su clave y notoria ausencia.

Ya era casi medianoche del último día del año y por consideración y algo de pena por mi madre, regresé al infierno del cual me había fugado. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1.. Frohes neues Jahr! Se escuchaba en una radio encendida en la antesala de su morada. Y para mi sorpresa, corrió un aire de paz y armonía en casa de los Meinl y expresiones de amor y cariño abundaban entre los integrantes de esa patética familia.

Pero yo me había quedado pensando en esa cuenta regresiva. Y en el efecto que causó en quienes le prestaron atención con oídos abiertos. ¿Cómo era posible que semejante farsa haga felices a tantas personas en el mundo? ¿Cómo era posible que lapsos medidos de tiempo hayan logrado tal convicción en la sociedad tanto de oriente como de occidente del presente? Ante mi, repentinas confusiones y reflexiones aparecieron y me puse a investigar acerca de las unidades de tiempo. ¿Qué es una hora? Una hora equivale a 60 minutos. ¿Qué es un minuto? Un minuto equivale a 60 segundos. Entonces, ¿qué es un segundo? 60 segundos equivalen a un minuto y 3600 segundos equivalen a una hora. Y todo volvía a lo mismo, pero era una idea tan firmemente cohesionada en la mente humana, que el sistema de tiempo era casi tan poderoso y sagrado como el mismo super-creador que vive en el imaginario colectivo.

Al cabo de un largo transcurso, al que la mayoría definiría como exactamente “2 años, 24 meses, 730 días –teniendo en cuenta que ninguno de los dos años fue bisiesto- , 1753162554 horas” y ya ni me atrevo a escribir el número de minutos y segundos que equivalen al lapso de tiempo transcurrido entre aquella noche y ésta, fui acarreado a un “Heil und Pflege Anstalt” en la condición de lunático, por pensar un poco más de los límites de reflexión establecidos por el caudal de mediocres de este vasto mundo.

¿Quién se cree que es el hombre, animal más peligroso en la faz de la tierra, para estructurar mi vida de tal manera? ¿Acaso existe el hombre libre? ¿Libre de sistemas y lleno de vida? Sí, ese soy yo, apresado en esta habitación acolchonada sujetado a un chaleco de fuerza, con más cordura que nunca. Perdí la noción del tiempo al fin, no tengo contacto con ningún otro ser vivo y menos que menos, la posibilidad de verme envejecer en un espejo. No se me ocurre cuanto tiempo ha pasado desde que estoy aquí, ni en qué tiempo me encuentro, y por eso soy feliz

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